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Conoce al hombre más feliz del mundo


Foto: Ted Talk


Intenta recordar la última vez que te sentiste completamente feliz. Cierra los ojos y recupera ese estado mental, la sensación de plenitud hormigueando por todo tu cuerpo. Muy rico, ¿verdad? Pues según el biólogo y monje budista Matthieu Ricard ese momento de felicidad te sigue afectando de manera positiva cada día, sin que te des cuenta.


Y habrá que tomar en serio lo que Ricard dice pues en el año 2008 fue considerado el hombre más feliz del mundo tras una investigación sobre los efectos de la meditación en el cerebro, llevada a cabo por la Universidad de Wisconsin (EEUU).


Su historia es la de una búsqueda. Con 30 años decidió abandonar su carrera en el campo de la biología molecular y una intensa vida intelectual parisina para estudiar budismo en la India. Hoy en día, casi 30 años después, vive en el Tibet y es la mano derecha del Dalai Lama.


Si se le pregunta, Ricard achaca su felicidad a su capacidad para traspasar las carencias, dolor y negatividades que llevan a la mayoría de las personas al sufrimiento. Sin bienes materiales, amor de pareja ni actividad sexual, lleva décadas dedicado a la práctica contemplativa budista y a recorrer el mundo para promover proyectos humanitarios.


Para estudiar los efectos de la meditación en los procesos cognitivos del monje budista, el investigador en neurociencia Richard Davidson y su equipo realizaron varias pruebas. Primero conectaron 256 sensores a lo largo de su corteza cerebral y analizaron su actividad mientras practicaba meditación. También le practicaron topografías por resonancia magnética mientras era sometido a estímulos.


Los resultados mostraron que mientras Ricard practicaba meditación su cerebro producía unos niveles de ondas gamma “nunca vistos antes en experimentos de ese tipo” según el propio Davidson. Las ondas gamma son patrones de oscilación neuronal que se relacionan con la conciencia, la atención y la capacidad de aprendizaje, aunque dicha conexión no es aceptada unánimemente en el campo de la neurociencia.


Las topografías por resonancia también mostraron una actividad superior a la normal en la corteza cerebral pre-frontal izquierda, lo cual indicaría una gran predisposición para el bienestar y las emociones positivas.


Estos resultados fueron comparados con los obtenidos por cientos de voluntarios cuya felicidad fue clasificada en niveles que iban del 0.3 (muy infeliz) a -0.3 (muy feliz). Matthieu Ricard logró -0.45, desbordando los límites previstos en el estudio.


Foto: Matthieu Ricard and fMRI scanner in 2011. The Max Planck Institute for Human


El secreto de Ricard está en tener un estricto entrenamiento mental a través de la meditación. El objetivo es reducir, poco a poco, los pensamientos y emociones negativas o, más bien, verlos desde una perspectiva diferente en la que dejan de ser dañinos.


Pero, ¿puede de verdad la meditación alterar la manera en la que funciona nuestro cerebro?


Recientes investigaciones apuntan a la plasticidad neuronal como la clave para entenderlo.


Meditación y Plasticidad Neuronal


El concepto de plasticidad neuronal ha ido ganando terreno en el mundo de la neurociencia. Sostiene que nuestro sistema nervioso central está generando nuevas redes neuronales, incrementando el volumen de su materia gris o tejido inteligente, e inclusive, recuperando una porción de tejido dañado, gracias a las células madres producidas por la médula roja de nuestros huesos. Así, cada uno de nosotros, mediante nuestras prácticas, podemos facilitar este vital proceso.


El equipo de Richard Davidson lleva más de 15 años trabajando en la neuroplasticidad. Según Davidson “los experimentos muestran que el cerebro es un órgano en constante evolución y, por lo tanto, moldeable”.


Tanto su equipo de la Universidad de Wisconsin (EEUU), como otros investigadores de Harvard (Estados Unidos), Maastricht (Países Bajos) y Leipzig (Alemania) están empezando a entender los efectos a corto y a largo plazo de la meditación sobre el cerebro.


“Hemos constatado resultados remarcables en personas con más de 50.000 rondas de meditación, pero también con quienes practican durante 20 minutos al día durante tres semanas, lo cual es, por supuesto, más aplicable a nuestros tiempos modernos”, explica Davidson. “Lo interesante es que estamos demostrando que la meditación no es solo entrar en éxtasis bajo un árbol da mango, sino que cambia completamente tu mente y, por tanto, la persona que eres.”


Otro estudio llevado a cabo por Madhav Goyal, investigador de la Universidad Johns Hopkins (EEUU), destaca que la meditación puede servir como tratamiento para la depresión o la ansiedad. Después de revisar 47 estudios que incluyeron a 3.515 personas Goyal concluyó que “estos pequeños efectos son comparables con los que se pueden esperar de los antidepresivos”, pero “sin las toxicidades asociadas”. 


El investigador, que publica sus conclusiones en la revista JAMA Internal Medicine, considera que, aunque por ahora la meditación no se incluye entre los tratamientos habituales para este tipo de dolencias, los médicos deberían saber más sobre sus efectos para la salud mental.


Está claro que queda aún mucho camino por recorrer hasta que la neurociencia llegue a entender los efectos de la meditación sobre nuestra mente. Pero la predisposición del monje budista Matthieu Ricard para la felicidad me parece muy relevante.


“Las emociones duran segundos, pero tenemos la tendencia a rumiarlas y su repetición crea estados de ánimo que después por acumulación llegan a convertirse en rasgos personales”, explica Ricard. “Y no se trata de no enojarse ni ser pasivo frente a las injusticias sino de estar en un estado de bienestar y felicidad consciente sin ser dañino, malévolo”, añade.


El problema es que si aceptamos que Ricard es más feliz y está más satisfecho con su vida que la mayoría de nosotros, tendremos que replantearnos muchas de nuestras prioridades.


Ansiamos un trabajo mejor, un coche nuevo, un teléfono de diseño y una pareja ideal. Y vivimos en función de esta ansia, externa y material, olvidándonos de cuidar nuestro interior.

Yo no creo que lo deje todo para irme al Tibet a meditar (aunque aún no he llegado a mis 40, así que ya veremos…), pero lo que si tengo claro es que se puede aprender mucho del ejemplo de Ricard. La sociedad nos empuja a querer siempre más sin darnos tiempo a pensar si esta incansable búsqueda nos hace realmente felices. Pero está en nuestra mano el parar, respirar y dejar de perseguir unos sueños diseñados en el departamento de marketing de una multinacional. Soñar nuestros propios sueños…


Fuente: GaiaCiencia.com



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